La historicidad del espacio

Con enorme orgullo y satisfacción entregamos a la comunidad científica este número especial sobre Geografía Histórica. Entre otras razones, lo hacemos porque este trabajo permite poner en valor la relación tiempo-espacio que, en general, aparece disociada o en último término idealizada, en un sentido decimonónico.

A través del siglo XIX, el tiempo como elemento central de análisis alcanzó especial importancia cuando, precisamente, la Historia (así con mayúscula, ya que denotaba Espíritu) adquirió un protagonismo inusitado. Fue el momento en que ella se interpretó desde una óptica teleológica, es decir, como fin último o destino, bajo un fuerte influjo hege-liano. De esta manera, la historia se transformó en sinónimo de evolución y civilización y su temporalidad fue lineal. Ello colaboró a comprender o visualizar el espacio como un escenario estático, fijo, inmóvil, es decir, entenderlo solamente desde una perspectiva de naturaleza muerta. Sin embargo, desde mediados del siglo XX, especialmente a partir de la difusión de las ideas posestructuralistas, la importancia que ha ido adquiriendo el espacio como elemento central de análisis, lleva a que su posición se pondere y valorice en las últimas décadas de modo muy diferente. Como ha expresado Foucault: “La gran obsesión del siglo XIX fue, como se sabe, la historia. Tal vez la época actual sea más bien la del espacio”. Sin embargo, como él mismo manifestaba, todo espacio tiene una memoria.

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